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dissabte, 8 d’octubre de 2016

Saul Steinberg, el lebrel obeso. (3 de 11)


Saul Steinberg, el lebrel obeso. (3 de 11)

Saúl Steinberg era rumano de nacimiento, pero era también judío, y encontró, como muchos de sus compatriotas, la mejor patria en los Estados Unidos de Norteamérica, este extraño país al que siempre sobrevuela amenazadora la sombría y sanguinaria ave del fascismo (anécdota contada por Xavier Rubert de Ventós) pero que curiosa e invariablemente termina aterrizando en Europa una y otra vez.

Nuestro padre trabajó para un judío de origen rumano que llegó a España huyendo de los nazis, se enriqueció gracias a diversos negocios que emprendió con buena fortuna y mejor acierto, pero un día nos dieron la trágica noticia que se había disparado un tiro en la sien al perder toda su fortuna en las cartas, según parecía era jugador y nadie lo sabía y nadie tampoco habría podido imaginar tal cosa, la primera y gran sorprendida fue su esposa que se quedó en la indigencia cargada de deudas que no eran suyas.

En casi todos los lugares las cosas siempre parecen lo que son aunque nos pensemos que tienen otro semblante. Tal vez por ello: “El dibujo demuestra, si es que fuera necesario demostrarlo, que nuestra reacción ante la representación pictórica es bastante independiente del grado de realismo. Es una función de nuestro entendimiento, y supone un enorme esfuerzo inhibir nuestro entendimiento y ver únicamente tinta”. (“Temas de nuestro tiempo. El ingenio de Saúl Steinberg”, E. H. Gombrich. Debate, 1997)

Con la realidad sucede exactamente igual, nuestra reacción ante ella siempre es independiente de su “grado de realismo” porque también es en buena parte una función de nuestro entendimiento. La obra de Steinberg apela directamente, y de una manera explícita, a esta función usando para ello todos sus recursos y sus archivos almacenados en nuestra memoria como una parte del patrimonio común. Sus dibujos ponen de manifiesto un hecho capital: que escribir es una forma de leer, y que la realidad no solamente permite interpretarla, sino también explicarla y por ende reconstruirla. Steinberg lo consigue como si la realidad fuera el texto que un grafólogo ha de interpretar y sus dibujos tan legibles como lo son las recetas de un médico con buena letra.

Un elemento consustancial con la actividad humana es el de la planificación que en el caso del dibujo toma forma con lo que llamamos boceto. Toda obra tiene un proceso que normalmente se nos esconde por considerarlo irrelevante frente al resultado final. No es así, en el mismo transcurso de su ejecución está la obra terminada y terminándose, el boceto es una prueba de ese desarrollo que las obras de Steinberg no nos hurtan pues en ellas vemos el inicio y el término.

E. H. Gombrich, en “Temas de nuestro tiempo”, obra que ya hemos citado en unos párrafos anteriores, y en el capítulo “Los artistas en su tarea: compromiso e improvisación  en la historia del dibujo”, hablando de Leonardo da Vinci nos comenta de su osada creación continua que expresan sus dibujos y bocetos al referirse al sentimiento que embargaba al pintor italiano que creía que siempre era posible empezar de nuevo. No me atrevo a suponer que Steinberg pensara de la misma manera, pero sí quiero creer que sus obras nunca están concluidas del todo porque siempre queda en ellas un espacio virgen para ser rellenado o una línea que rectificar. Él mismo nos dice algo parecido aunque no igual al contarnos que los buenos dibujos no deben de estar bien equilibrados, en ellos, pensamos nosotros, debe vivir también la duda cartesiana como si fueran una máquina que hay que mantener en buen estado para que no se oxide, revisarlas constantemente cada vez que las contemplamos.

Las buenas obras de arte no son entidades mudas, siempre hablan el lenguaje del presente, son una realidad que nos interpela, otra cosa es que nosotros sepamos leer sus labios.

Como buen artista gráfico Steinberg mantuvo una fértil y estimulante relación con la palabra incorporando su etimología visual como elemento literario y onomatopéyico. Nunca cayó en el estéril ideal de pureza que configura buena parte del arte contemporáneo y que bien define E. H. Gombrich: “la libertad de la imagen ante la intromisión o la contaminación de las palabras(“Temas de nuestro tiempo. Imagen y palabra en el arte del siglo XX”, E. H. Gombrich. Debate, 1997)

Para Steinberg las palabras son también imágenes, ellas permiten enriquecer sus obras al dotarlas de un abundante arsenal de referencias cruzadas con las figuraciones representadas. Las palabras están escritas porque están antes dibujadas en una deconstrucción sencilla y llena de significados y metáforas visuales, en muchos casos autoalusivas que mueven a la reflexión siempre irónica y mordaz, la mejor manera de pensar. 


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