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dimarts, 11 d’octubre de 2016

Saul Steinberg, el lebrel obeso. (5 de 11)


El Lebrel Obeso. (5 de 11)

Las figuras de Steinberg son emblemas, están desprovistas de personalidad aunque puedan ser caricaturas, por ello son especialmente irónicas. La ironía es uno de los rasgos fundamentales del arte contemporáneo que no es capaz de fundar nuevos principios ni aperturas, solamente finales. Pero, al menos, la buena ironía nos salva del mal gusto, del kitsch, que cabalga victorioso.

No obstante la representación contemporánea ya no consiga ser mítica, ni tampoco lo intente, la parodia es el único camino que le queda fuera de la abstracción y de la falsificación para obtener sentido y ofrecer al espectador algún tipo de significación. Aunque su fondo siempre se “fundamente” en la parodia no es la obra de Steinberg, sin embargo, ninguna copia a pesar también de ser toda ella un museo ambulante con continuas referencias históricas y museísticas.

En este sentido, muchas de sus figuras se encuentran más allá de otro de los extremos de la historia pictórica de Occidente: el cubismo, que oficializa el espejo roto, son post-cubistas sin haberlo sido nunca.

Sin tanta grandilocuencia picasiana, Steinberg, logra situarse a medio camino del malagueño y de los dibujos de Heinz Edelman y su “Yellow submarine”; entre la gran pintura y el dibujo contemporáneo que nace gracias a la publicidad y el diseño gráfico hallamos el espacio natural de Saúl Steinberg, el de la máscara, cuando, como afirma Arnold Hauser,el sentido de la personalidad desaparece junto a la inaudita significación de ser hombre”. (Arnold Hauser, op. cit.)

A medio camino también de Harriman y de Walt Disney, de Kracy Cat y de Micky Mouse... y de muchos más.

 “Se tiene la necesidad de ser libre, de empezar por tener sueños de invisibilidad, el poder de desaparecer en los ojos de los demás, más tarde, se comprende que la soledad también nos convierte en invisibles y que una de las cosas esenciales de la vida es amar la soledad. En el curso de esta toma de conciencia, se deviene otro; no estando controlado ni observado se puede dar a la propia vida una evolución que corresponde a su lógica interna y no pública o política, lo cual es el caso más corriente y propiamente criminal, es en este sentido que la influencia colectiva y política literalmente nos asesina: se es cada vez menos uno mismo”. (Jean Fremon, op. cit.)

Esta una respuesta de Steinberg a una pregunta relacionada con sus máscaras, como si ellas fueran escudos que nos salvaguardaran de esta aniquilación a la que la colectividad nos somete y que nos impide llevar una “vida lógica”.

No nos remitiremos a la influencia de la época, a los años 70 del pasado siglo, en los que fueron dichas tales palabras, tampoco recurrimos a la etimología griega que refiere el sentido de máscara al de “persona”, pero sí haremos hincapié en el significado de la soledad como garante de la propia personalidad y la necesidad de llevar un escudo que nos proteja de los ojos de los demás. Es una paradoja, una más, que la invisibilidad nos aniquile y nos resguarde al mismo tiempo.

¿Quién hoy en día retrata?, fuera de los fotógrafos, en los bautizos y las bodas, bien pocos, no hay nada que retratar, según parece debemos de ser todos invisibles, ¿vivimos sin antifaz?

¿El único retrato genuino, que permanece y que tiene sentido en nuestro mundo paródico, es el forense?

¿El populismo democrático de nuestra contemporaneidad que nos hace a todos iguales nos convierte al mismo tiempo en invisibles? 



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