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dilluns, 17 d’octubre de 2016

Saul Steinberg, el lebrel obeso. (9 de 11)



El Lebrel Obeso. (9 de 11)

El sexo y el erotismo en buena parte constituyen el mejor escenario donde se interpretan personajes inventados, todos sabemos lo importante que son en una vida sexual, sana o enferma, las fantasías eróticas, en el ser humano el sexo no debe ni puede darse a “pelo”, hay que revestirlo de algo aunque sea de palabras. A propósito de ello, Steinberg nos cuenta en un dibujo una conversación erótica que si no es habitual de hecho sí lo es de pensamiento, entrelazando los globos en los que se circunscribe el diálogo. Se cuenta que el principal órgano sexual del ser humano es el cerebro y así es en esa “viñeta” que nos muestra aquello que verdaderamente sucede, los dos globos parecen chocar como si fueran discursos impermeables el uno al otro.

Todas estas grafías y caligrafías de diálogos y monólogos nos remiten de una manera mucho más irónica a la esencia del expresionismo abstracto, dibujando esa nueva mirada paisajística de Steinberg que tiene tanto que ver con la deconstrucción de la mirada y de la palabra escrita:

“Para Steinberg, como por sus contemporáneos del Expresionismo Abstracto, el paisaje es una emanación del artista. Encontramos “steinbergs”, cielos construidos repetidamente con trazos del lápiz, zigzags y garabatos, campos compuestos de líneas paralelas y horizontales, patrones ornamentales, notas –tan arbitrarias como las onduladas líneas de Pollock.” (Harold Rosenberg, op. cit.)

Como del sueño onírico:

“Sus míticos paisajes son también configuraciones de mitos colectivos, escenas y ciudades fabricados por los sueños de sus no habitantes. En su fantasía de América están incrustados fragmentos de símbolos populares, los romances y las historias de frontera y el mal sabor de los diseñadores de automóviles, arquitectos de Hollywood, expertos en moda y peluqueros de perros.” (Harold Rosenberg, op. cit.)

Pero Steinberg no inventa de la nada, no es ningún demiurgo divino aunque quiera contemplar después a sus obras como “cosas en sí mismas”. Parte de la tradición del arte, en ella se fundamenta y como si fuera un artista manierista la redice, “la imitación puramente externa de los modelos clásicos, y, por otra, a un íntimo distanciamiento de ellos” (definición de manierismo de A. H.). (Arnold Hauser, op. cit.)

Mientras tanto, como el mismo Rosenberg afirma, las multitudes se agolpan en los límites de los precipicios y los personajes miran el vacío que hay en las propias pinturas de Steinberg como si buscaran en estos agujeros blancos la señal que dice se encuentra en la expresión natural de la pincelada de Pollock o la brocha de De Kooning, pero como los buenos paisajistas holandeses sus paisajes son horizontales y en ellos la línea del horizonte está perfectamente marcada, en el fondo el infinito y en el primer plano el abismo, a los lados varias escenas independientes, como si los protagonistas no supieran que viven en el infierno.

Eternamente, tras la nada va el lebrel, corriendo impetuoso, alocado, asustado, persiguiendo en ella algo que no existe.


El pasado es siempre una falsificación.


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