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dissabte, 26 de novembre de 2016

Amor y hierro. (4 de 7)


Amor y hierro. (4 de 7)

Nacido en 1931, T.U. pierde a los 4 años a su padre. La biblioteca que hereda de él llega a ser un elemento clave de su sólida formación en la casa de sus abuelos maternos. Vive la guerra europea y en 1956 se traslada a los Estados Unidos de Norteamérica, publicando su primera obra en 1957, “Los Melops se lanzan a volar”, un libro infantil. A partir de entonces no cesará de trabajar con un gran éxito de crítica y de público.

Su popularidad presente, sin embargo, ha sido consecuencia no sólo de las ilustraciones para niños que le dieron prestigio, fama y notoriedad profesional y sí de los dibujos eróticos y políticos, que, a modo de ironía, se han convertido en el contrapunto perfecto a su obra para la gente menuda.

Aquí presentamos una pequeña muestra variada de ellos, destacando también algunos de su trabajo publicado en 1970 con el título de: “Fornicón”, una sátira sobre los juguetes eróticos.

A lo largo de toda su carrera profesional, el grafismo de Tomi Ungerer se ha caracterizado por una gran claridad expresiva, en los cuerpos y en los rostros, la simple línea negra sobre el blanco del papel es trazada con un gesto natural y práctico sin efectismos innecesarios. Sus iconos, y la escena que ellos cuentan, se muestran limpios, bien dibujada la intención y el significado que pretenden ofrecer, agrio y corrosivo. Su buena capacidad caricaturesca confiere también a sus personajes la personalidad precisa que permite identificarlos y conocerlos.
                              
No obstante, el tiempo no transcurre en balde, y aquella mordaz ironía, su causticidad elegante y su original acidez que veíamos cuando lo descubrimos en aquel lejano 1970, se han transformado en un inocente y simpático divertimento que resulta ya inofensivo al recordarnos, paradójicamente y en buena parte, los monstruos de los libros infantiles, más simpáticos y tiernos que terribles.

Hoy en día, su “Fornicón” ya no nos perturba como lo hizo el año de su publicación, según parece debemos de haber perdido la inocencia que, sin saberlo, caracterizó nuestra juventud. ¿Por qué?, tal vez porque ya sabemos que más allá de la alcoba en la que jugábamos a ser papás y mamás hay un cuarto oscuro del que es imposible escapar.

El verdadero dilema que las máquinas nos proponen, al igual que las imágenes, es si deben o no parecerse a nosotros, si han de conservar su aspecto y toda su personalidad de artefacto o bien ser un mero simulacro humano y una copia indiferenciada; hay opiniones para todos los gustos, unos prefieren el caucho y la silicona y otros, en cambio, el frío del brillante acero. 
                                        
Las máquinas, y con ellas todas las imágenes y artefactos humanos, guardan en su interior la pregunta que Philip K. Dick se hacía en su célebre novela: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

El mundo ha estado siempre poblado por Gólems, ídolos y robots, todo un sinfín de autómatas de feria, marionetas y perfiles articulados para sombras chinescas, negras o coloreadas. Y osos de peluche.

El Doctor Frankenstein quiso dar vida a un cadáver.


La teurgia, tal y como indicábamos al principio, fabricaba estatuas vivientes que no necesitaban tener una apariencia humana, podían ser una simple piedra del camino o un meteoro caído del cielo, un tronco abatido por un rayo o un leño cortado por manos humanas. Esos objetos “informes” sólo prestaban una realidad material, cosificada y terrenal al espíritu del dios para encarnarse y manifestarse a los ojos de todos. La cosa, el cuerpo del dios, era una puerta al mundo que los seres invisibles usaban para ir y venir desde su extraño Olimpo. Entre el “aquí” nuestro y el “allí” suyo había, sin duda, una sutil, pero eficaz conexión que el mago debía poner en evidencia, y que era, como toda buena comunicación, de doble vía.





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